El mundo espera a Barack Obama con los brazos abiertos. Una certeza que a estas alturas es difícilmente discutible. Su voluntad de diálogo atrae por igual a países amigos como a “enemigos” de Estados Unidos. Su carácter conciliador ha insuflado un aire renovado y fresco al mensaje amenazador que ha dominado los deficientes años de George W. Bush en la Casa Blanca. Sin embargo, en EEUU, las cosas no están tan claras.[...]
Bush calificado de “impopular cowboy” por la revista Foreign Policy dejará a su sucesor el peor legado internacional en la historia de los presidentes de EEUU desde que concluyó la II Guerra Mundial, allá por 1945. No lo digo yo, es el tema de portada del úlitmo número de la prestigiosa publicación “Foreign Affairs”.
La crisis económica originada por las hipotecas de alto riesgo que se desató, no lo olvidemos, hace ya más de un año, ha sido la guinda del pastel de la tarta con la que se “endulzará” el próximo ocupante del despacho oval cuando tome las riendas del país en enero de 2009.
Un regalo que le borrará la sonrisa hasta al amigable Obama.
La candidatura del senador por Illinois fue posible gracias a la pésima gestión con la que Bush ha sembrado sus dos legislaturas al frente del gobierno. Ni Al Gore -con polémica incluida en el recuento electoral- ni Kerry cuatro años más tarde fueron capaces de derrotar al, curiosamente, “impopular” Bush.
Tanto Gore como Kerry parecían cortados por el mismo patrón que el resto de candidatos y presidentes que tuvo Estados Unidos a lo largo de su historia.
En 2008, los afiliados al Partido Demócrata deseosos de un cambio apostaron precisamente por eso, por un cambio: un afroamericano o una mujer. Algo que nunca se había visto en una sociedad conservadora como la estadounidense.
Finalmente el discurso de Obama y su capacidad para transmitir a los cuatro vientos la idea de cambio le encumbró a la candidatura.
Su victoria en las eternas primarias demócratas y su estilo personal refinado y situado en las antípodas de Bush, le situó ante la opinión pública, especialmente fuera de EE.UU., como el único ganador posible de las elecciones del 4 de noviembre.
Ágil sobre el escenario de llenar un estadio con más de 80.000 personas. La victoria de Obama parecía cantada, sobre todo cuando John McCain, la apuesta republicana, no era ni siquiera del agrado de varias facciones ultra conservadoras de votantes de su partido.
Nada parecía importar la inexperiencia de Obama como gestor o la evidente candidez de sus discursos, cargados de mensajes tan optimistas que, sinceramente, parecen estar alejados de la realidad, para nada amable. Obama, señoras y señores, era el caballo ganador.
Entonces, llegada del frío, saltó a la palestra Sarah Palin. Una dama de hierro, de fuertes convicciones religiosas -poco necesarias hoy en día, donde lo que hace falta es un poco más de sentido común y menos protagonismo de dios en las decisiones de gobierno-.
Palin, la ganadora del concurso de la belleza de su ciudad, gobernadora de Alaska aficionada a las armas, ama de casa, madre antiabortista, y política despreocupada por lo que ocurre fuera de su país, asestó una bofetada electoral al “amigo” Obama cuando se conoció su nombramiento un día después del convención demócrata de Denver.
Los republicanos, necesitados de un impulso, sacaron al cuadrilátero de la campaña un escondido as que ha metido de lleno su candidatura en la carrera por la Casa Blanca. A estas alturas no se trata ya de McCain, la gente quiere ver a Palin. Incluso Obama ha perdido su aureola novedosa.
Cierto es que la nominada a vicepresidenta en una presunta administración de McCain ha generado tanta repulsión como admiración, hablo de Estados Unidos. Pero la repulsión solo la hace más noticiosa y la admiración era lo que necesitaba McCain para llevar a los republicanos que apoyaron a Bush a acudir a votar en su apoyo en noviembre.
Fuera de EE.UU. una derrota de Obama en los comicios sería algo inexplicable, más aún desde la aparición en escena de Palin. Pero este país es muy grande. Incluso en los mejores momentos de Obama, McCain no había perdido aún la batalla. Con Palin a su lado, las encuestas está más igualadas que nunca.
Incluso los republicanos se han atrevido a hacer suyo el mensaje de “cambio” de Obama. Ahora son ellos los que tienen a la “chica” (antes solo se hablaba de Hillary), ahora son ellos los que hablan de cambio, ahora son ellos los que tienen algo nuevo, Palin… ¿qué le queda a Obama? Confiar en que ninguno de sus fieles se duerma en los laureles y demostrar en EE.UU, que el duo McCain-Palin es la peor medicina a la enfermedad casi terminal que sufre el país tanto fuera como dentro de sus fronteras.
Ahora tendrá que probar que su inexperiencia no importa, que su afán dialogante no riñe con su firmeza ante posibles amenazas geoestratégicas, y que tiene la receta que aliviará la terrible situación económica que recorre el planeta. Que lo consiga, es otra cosa.
